
Un día después de la carrera, la pregunta es clara: ¿cuánto de esta victoria se debe a la mejora de Ferrari y cuánto a la limitación de la FIA? Sólo el tiempo dirá, pero vistas las reacciones de los miembros de Red Bull durante el fin de semana, me inclino a pensar que la balanza cae por el segundo factor. De ahí que esta victoria tenga un sabor agridulce lejos de la alegría completa que hubiera supuesto un triunfo ante Red Bull y Vettel en su máximo esplendor. Ojalá no sea así, por bien de Fernando y del campeonato, pero si el español sólo consigue un par de victorias este año, su triunfo en Silverstone llevará un asterisco para muchos como lo lleva la de Schumacher en Indianapolis 2005 o la de Fernando en el estreno de Singapur.
Otro aspecto oscuro de lo visto en Silverstone ha sido la polémica de las órdenes de equipo vivida en el Red Bull. Habría que ser muy hipócrita para pensar que no existen, pero la constatación pública por parte de Mark Webber va a suponer una bomba en el seno de la escudería. Desconozco la razón por la que el australiano, seguramente frustrado por su pésimo rendimiento durante el año, ha destapado el asunto pero no le va a hacer ningún bien si lo que pretende es quedarse en Red Bull o optar al segundo asiento de Ferrari donde las cosas funcionan más o menos del mismo modo que en su actual equipo.
En definitiva, polémica, polémica y más polémica. Tenemos una generación de piloto estupendos y una normativa deportiva que está propiciando grandes carreras, pero la política sigue marcando el día a día de la Fórmula 1: desde las limitaciones técnicas, en muchos casos absurdas, hasta las decisiones deportivas de los jueces. Ayer, Felipe Massa y Lewis Hamilton lucharon hasta el último metro por ganar dos puntos. Su destino, después de la merecida ovación de los aficionados, fue el despacho de los comisarios. ¿Así es la Fórmula 1 que queremos?
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